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Cuando Dios hizo nuevas todas las cosas en mí

27 abr
2 min de lectura

Hoy me presento ante ustedes no desde mis méritos, sino desde la misericordia de Dios.


Hubo un momento en mi vida en que tomé una decisión que marcó profundamente mi corazón: un aborto inducido. Después de eso vinieron años de silencio, culpa, dolor y una herida que yo pensaba que nadie veía… pero Dios sí la veía.


Por mucho tiempo pensé que Dios me había dejado, o peor aún, que yo ya no merecía acercarme a Él. Pero en lo más profundo de mi herida, el Señor comenzó a llamarme.


Su llamado fue suave pero constante. Me buscó en mis lágrimas, en mis preguntas y sobre todo en mi vacío. Y asi fue que descubri que el amor de Dios no venía a señalarme, sino a rescatarme.


Un día respondí a ese llamado… y llegué al Viñedo de Raquel.


Allí, a los pies del Señor, pasó algo que no puedo describir sino como un encuentro con la misericordia. El dolor que había escondido por años salió a la luz para ser sanado. Pude llorar, pude nombrar mi herida, pude pedir perdón… y también recibirlo.


En el Viñedo de Raquel entendí que Dios no me miraba con condena, sino con ternura. Que mi historia no terminaba en mi pecado, sino en su gracia.


Ahí sentí que Jesús me decía:

“Yo he estado contigo en tu dolor. Nunca te he abandonado.” “No temas hija mía, yo hago nueva todas las cosas”


Y eso cambió mi vida.


Donde había culpa, Dios puso paz.

Donde había duelo, puso consuelo.

Donde había muerte en mi corazón, hizo brotar vida nueva.


Hoy puedo decir que conocí de verdad la misericordia de Dios a través de mi propia fragilidad.


No doy este testimonio porque mi historia sea perfecta, sino porque Dios ha sido fiel.


Si alguien carga heridas escondidas, quiero decirles: hay esperanza. Dios sana. Dios perdona. Dios restaura.


Yo llegué herida a sus pies… y salí amada.


Y no me canso de repetir:

La misericordia de Dios es real. Yo la he vivido, y la siento todos los dias!


Gracias, Señor, por llamarme a tu viñedo y por hacer nuevas todas las cosas.

 
 
 

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